Un tipo escocés se gradúa como médico y se va a hacer backpacking a Uganda. A los cinco minutos ya se tirado a un pibón de caoba mientras gritaba “¡hazme Dios, hazme Dios!” o algo así, pero era muy ridículo.
Hasta aquí, cualquiera tendría motivos de peso para apagar la tele, tomar un avión a Islandia y arrojarse al volcán a lo Empédocles. Es lógico. Yo también los odio. A los backpackers. Son turistas del cutrerío, el porro, el piojo y el tópico totalitarista de un mundo global. Primero, un mundo global es un coñazo. Y es un coñazo en un sentido: el de occidentales que van a sitios de mierda porque son exóticos y baratos. Nunca verás a un sudanés sacando fotos a la Alhambra: le verás vendiendo La Farola. Por otra parte. Lo que menos deseo si vivo en mi desierto del Gobi, mis cabras y mis cuatro hijos fruto de mis numerosos incestos es que un perroflauta ponga un B&B y se dedique a sacar fotos en B/N de todo como si aquello se tratara de un zoológico. Toda cámara, todo teléfono móvil, de un extranjero es un instrumento de violencia cultural. Segundo. El rollo backpacker ha destruído cualquier posibilidad de viajar a un país por un precio barato y sin ahuyentar cualquier posibilidad de descubrimiento auténtico. La experiencia real es la del turista de resort. La experiencia alternativa es la del turista backpacker. La experiencia nativa se ha visto ahogada y apagada por la fuerza económica de las anteriores. Por eso se venden figuritas sevillanas en Barcelona.
Sin embargo, la película, con el trasfondo de Idi Amin, dictador a la sazón de Uganda y su amistad con el joven doctor follaindígenas da un giro muy satírico a todo el asunto: el backpacker pasará de turista a doctor mayor del reino de Idi Amin, después a amante de una de las esposas del dictador y después a pobre blanco británico atrapado en un país de mierda. Los críticos más ciegos han querido ver en esta película algo así como el retrato de los dictadores de África, pero de lo que trata esta película es de la chufa global llamada Globalización: unos blancos muy piadosos ponen tiritas por medio mundo, se quejan contra los gobiernos que les tramitan esas tiritas y les pagan los rescates cuando los secuestran, sacan unas cuantas fotos en B/N y se vuelven a sus casa y con una experiencia vital acumulada que compartirán con sus amigos entre copa y copa de Sauvignon-Cabernet. De eso a la película, de lo enrevesada que es la mala conciencia occidental, de la poca necesidad que tienen los países de mierda de capital moral y de la mucha de capital intelectual y sobre todo económico, de eso sí va la película.
Por eso mola.
Escrito por Hasterbin