Por qué apesta ir al teatro en Dublín

El viernes pasado fui al estreno de la obra de David Mamet American Buffalo al Gate. En España y en concreto, en Madrid, ir al teatro supone tirar el dinero por la cloaca de la cultura, desde que el ministerio, promotores y directores de teatro pusieron el Plan Nacional de Subnormalización del espectador, que consiste en programar los espectáculos más absurdos y lejanos de algo remotamente parecido a unos actores y una obra: Las Marionetas del Pene, La Bella y La Bestia, Gabino Diego se Vuelve Comunista, CincoCoños.com y un largo etcétera demasiado pesumbroso como para mencionar, pero que sirve más o menos para definir qué espectador quieren los teatros en España y qué no. Gracias a esto si a uno le interesaba lo más mínimo la puesta en escena podía irse tranquilamente a Huertas y fundirse la pasta en cubatas porque salvando casos muy honrosos, todas las obras eran una mierda.

Exceptuando a Jardiel Poncela (el Buenafuente del pasado), todas las demás NO son teatro: flamenquito, opereta, mestizaje de mis cojones.

Parece que aquellos aires de la renovación no han llegado aún a Dublín y aún hay algún figura junto al Bertie Ahern a quien no le debe importar mucho traer obras con cierta enjundia, dícese Salomé de Wilde, Julio César de Shakespeare, Beckett, alguna de Carol Churchyl y cómo no, American Buffalo.

La cosa pintaba bien aquella fría tarde de febrero donde yo me disponía a poder disfrutar de la pieza en cuestión sin tener que aguantar al hispanófono de turno justo a mi espalda exclamando: ¡pues vaya mierda!, ¿quehadicho, quehadicho?, joder pues yo me entero de ná,, sonándole el móvil, masticando palomitas, etc. etc. y todo ese tipo de pequeñas costumbres patrias por las que uno siempre desea la vuelta de tiempos inmemoriales, y me refiero a tiempos de hace cinco siglos donde estornudar con la boca abierta era motivo de punición en la hoguera. Porque gracias al cielo y a que, quizá en parte, provengo de aquellas latitudes conozco de primera mano cómo funciona la mente económica del español: no leo libros porque son muy caros, pero me puedo gastar 30 euros en entrar a un campo de nabos con la esperanza de mojar el churro y acabar borracho y/o expulsado. Con estos parámetros era alto improbable que alguien acudiera a ver una obra de un norteamericano a costa de privarse de sus tres o cuatro o trescientas pintas en el Mezz.

El equivalente al IMSERSO aqu� en Dubl�n.

Ya una vez en los pasillos enmoquetados del teatro empecé a sospechar que mi victoria moral sobre mi subcultura había fracasado y no sólo eso, con ello yo también había fracasado, y había resultado ser igual de panoli que el que participa del programa Libros X Guiness. En primer lugar, todo el mundo bebía copas de vino o té en tacitas de porcelana y vestía de seda. Segundo, todo individuo allí presente tenía la friolera de más de 50 años y si era más joven (en el sentido de poder abordarla al finalizar la obra y discutir bajo la luz de las estrellas la conclusión que el autor quería obtener con aquel gesto tan comovedor al final del primer acto), digo, si era más joven, venía siempre acompañado por alguien del primer grupo o por un señor con aspecto afeminado y fular de color amarillo canario.

Mis peores temores se confirmaron cuando dió comienzo la obra. Para hacer un resumen trata de tres tipos de la white-trash neoyorkina que planean robar una moneda. Claro, la obra no trata SÓLO de eso, no es tan sencillo y no me voy a poner aquí a explicar los recovecos de la obra, id a la puta biblioteca del ILAC y cogeros el libro o alquilad la película, que sale Dustin Hoffman. Lo que quiero decir es que no es desde luego una puta comedia, así que cuando la gente empezó a partirse el culo con las cosas más absurdas empecé a comprender que aquella gente estaba allí gratis, que no habían pagado entrada (18 euros) y que algo así como el IMSERSO irlandés les había provisto de todo: vestido de seda, tacita de té y sólo faltaba el abanico. Porque, quiero decir, hay que tener la mente muy moldeada al rollito monólogo para reírse absolutamente de todo lo que pasa la obra. De hecho, se estuvieron riendo hasta el final y entonces, ah, alguien debió darse cuenta de que no iban por ahí los tiros, especialmente cuando le revientan la cabeza a uno de los ladrones.

Lo peor del asunto es que no es la primera vez que me pasa, antes del verano fui a ver Esperando a Godot y sufrí lo mismo. Lo pude entender en aquella ocasión e incluso ser condescendiente con mis nuevos hermanos célticos, primero porque era una obra del mal llamado teatro absurdo y segundo porque Beckett es infumable incluso en escena. Y el que diga lo contrario es un pedante.

McGinley es el del medio. El primero agitaba mucho los brazos pero lo hizo bien. El yonki apenas aparece.

Por lo demás, la obra merece la pena no sólo por haber ganado el Pulitzer sino porque aparece Sean McGinley que es un viejo conocido del cine y el teatro irlandés.

5 comentarios para “Por qué apesta ir al teatro en Dublín”

  1. Aderyn Dice:

    Que grande lo del Imserso irlandes.. jajajajaja…

    Por cierto, olvidaste reseñar,q el buen gusto irlandes obliga a que mientras esperas a q comience la obra, beberas vino blanco, pero en el entreacto vino tinto….. siempre vino tinto!

  2. Rosa Dice:

    Estoy segura después de leer tu “articulo” que eres una persona que posee una gran cultura, por favor, acompañala de educación……

  3. Hasterbinn Dice:

    Esto es un sitio de humor.

  4. Hasterbinn Dice:

    Quiero decir, no hay que tomárselo en serio.

  5. Castle Dice:

    “Estoy segura después de leer tu “articulo” que eres una persona que posee una gran cultura, por favor, acompañala de educación……”

    No le pidas peras al olmo…

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