En el capítulo I la serie Cariño, ¿qué hacemos en Dublín? cubrimos el dilettante mundo de la diversión nocturna, es decir, beber y beber, con lo cual no hay mucha diferencia a lo que se hacía en la Península menos Portugal.
Pero se conoce que no a todo el mundo le sienta bien eso del whisky, la pinta de Guiness et al.
A pesar de que el bebercio tiene mucho tiro, aún queda mucho por descubrir, re-descubrir y odiar, para finalmente volver a la bebida, en Dublín. Comenzando por:
a) Cines:
Todo buen europeo cultivado, megalómano, gafapastil disfruta de una buena tarde de cine viendo clásicos como Satantango, obra maestra húngara donde las haya, que trata de microhistorias del soviet y se extiende más allá de las 6 horas de paisajes ennegrecidos, silencios eternos y vacas rumiando pastos mientras el Kommintern decide como cargarse al director de la película por plasta.
Sin embargo, ya vengo diciendo de un tiempo a esta parte que Irlanda no es parte de Europa, así que el canon occidental que se aplica a la vieja Europa no sirve en Dublín. Ya he tratado anteriormente con la cartelera hollywoodiense omnipresente en los tres o cuatro cines multisalas en el centro de Dublín, no hace falta hacer más leña del árbol caído sobre filmes tan trascendentales y resueltos como Shrek III o Hostel II. Así que trater del IFI, que pretende ser el cine indepen-plasta de Dublín.
Siempre que uno iba a soltar sus eurillos por ver una peli rusa en la Filmoteca de Madrid o en algún cine escondido en el Quartier Latin parisino, espera al menos, ciertos servicios elementales, a saber:
- Cafés espressos servidos en tacitas minúsculas de porcelana que resuenen por toda la cafetería al menor suspiro.
- Población 3 a 1 de individuos gafapastiles. Los cuellos vueltos no valen desde los años 30 (lo siento por los admiradores de Jean Vigo)
- Al menos uno o dos señores con pinta de directores fracasados. Esto es obvio para conceder al cine un aire de lugar bohemio y por supuesto no vale cualquier genotipo para estos menesteres. El proto-director debe:
-
a) Llevar barba blanca y larga, pero sin parecerse sospechosamente a Papá Noel.
b) Tener pelo rizado y alborotado, a la par que gafas gruesas de pasta (no gafa-pasta) y llevar chaqueta de pana. Debe tener un toque de pederesta o en todo caso de Humbert Humbert dispuesto a iluminar a alguna adolescente revolucionaria en los secretos más bertoluccianos de “su” cine.
- Tipas con pinta de hippie o de encanutadas. Un palestino, alguna rasta suelta, un bolso de punto y pulseras y/o cascabeles harán el resto.
Nada de esto sucede en Dublín, como habréis adivinado. De hecho lo que ocurre es:
- El director del IFI se da una vuelta por París, mira las carteleras y toma nota de los últimos éxitos cinematográficos en lengua francesa. Después se toma un café expreso, se acuesta con alguna prostituta y adquiere los derechos de proyección de esas películas (no de la prostituta, sino del consorcio francés). Resultado: al mes siguiente tenemos un festival de cine francés en Dublín. Lo mismo con el ciclo italiano, australiano, indio, español… Si es que no para, el vicioso.
- Los alternativos o gafapastas suelen ser siniestros que aman a Satán y quieren hacerle el amor al cadaver de Kurt Cobain, y en realidad les importa más lucir lo que se acaban de comprar en el Urban Outfitters (camisetas con calaveras, calzoncillos con calaveras, calaveras con calaveras), odiar a sus padres, beber alcopops y gastarse la paga semanal, que los fallos de raccord de Ciudado Kane. Lo cual es de agradecer pues tras la película sólo emiten tres opiniones: 1- It was brilliant 2- It was crap. 3- Te haré el amor salvajemente en una cama hecha con lágrimas negras de cristal. Esto último lo tendría que confirmar, porque creo que no lo entendí bien.
- Los directores de cine con pinta de pederastas son simples pederastas sin más, extirpando toda la gracia de la chaqueta de pana, el pelo rizado y demás. No suelen ir acompañados de estudiantes de cine con pinta de Charlize Theron sino más bien por el puerta polaco que les invita amablemente a salir del recinto. Las más de las veces tienen la nariz roja y llevan una lata de Stella Artois en el bolsillo.
- Los cafés espresso son cafés americanos en vaso de papel con una arandela de cartón para no quemarse y hacer creer al poseedor que está Nueva York. A ver, señoritas irlandesas: no estáis en Nueva York, así que no hace falta ir aparentando que vivís en una ciudad “frenética” y que por eso no tenéis tiempo para beberos un café hecho de restos de agua del cubo de la fregona y por eso lleváis cafés take-away a todos lados. Dublín no es Nueva York, ni los dublineses aparentáis lo más mínimo ser neoyorkinos.
Pasado mañana daré una lista de restaurantes dónde NO ir.
