El Premio Planetario

Este humilde articulista está de enhorabuena. Uno de los acólitos más persistentes de este blog (quiero decir alguien que copia ideas directamente de estos textos informáticos) ha sido galardonado con el prestiogioso Premio Planeta. Para quienes no conozcan la importancia del Premio les hago un pequeño resumen: un lobby de medios de comunicación le da 600000 euros a uno de sus asalariados para que siga escribiendo para la casa protectora y no se haga redactor de la COPE. No es ni mucho menos el Goncourt o el Booker, pero es un premio importante, sobre todo si eres a) pobre b) del lobby en cuestión

He de reconocer que Juan José Millás me gusta. Me gusta porque no he leído ninguno de esos libros, lo cual ya es un logro dada la insistencia de la FNAC en forrar todos sus libros con portadas de Millás y otros -aunque luego el contenido sea el de un libro de recetas, género que también ha explorado Millás-, así que la imagen que tengo de él es la del abuelete afable que lee cuentos de raposas y caperucitas a sus nietos. De otra manera, quiero decir, si me hubiese tomado la molestia de mangar alguno de esos libros y qué sé yo, hojearlo, leerlo quizá mi impresión se hubiese tornado más grisácea y al final Millás se hubiese convertido en uno más de los infumables escritores que se llevan la talegada cada año. Por cierto que en mi quiniela para el Planeta para los próximos años están los siguientes nombres:

-Elvira Lindo.
-Arturo Pérez Reverte.
-Javier Marías.
-Almudena Grandes.
-Boris Izaguirre (se ha llevado el segundo premio pero el año que viene o el siguiente se llevará los dos a la vez)
-Antonio Muñoz Molina (ya se lo ha llevado, pero con la muerte de Polanco Sr. quedan huecos que llenar en la junta directiva y siempre se pueden hacer unos cambios sutiles en las bases).
-Algún presentador de televisión (propongo a Hilario Pino o a la Princesa)
-Ana Rosa Quintana.
-Lucía Etxeberría o alguno de sus perros.
-Juan Marsé (también se lo ha llevado, pero como se ha ido de la lengua habrá que cerrársela de algún modo. Propongo que lo metan en la RAE ya)

Creatividad hispana a pleno pulmón

Hay que decir que, pese a lo que los medios enemigos pueden decir, el jurado ha sido justo al concederle el premio a Juanjo, y no hay otra razón más que la calidad de la novela presentada la que le ha concedido el premio. La historia trata de un niño con Alzheimer que descubre que su calle no le gusta, así que se pone a viajar por el mundo, cuales Marco y su mono Amedio, a encontrar otras calles que le plazcan plus. Pero las otras calles, las que encuentra en Bogotá, New York, Londres son la misma que dejó en su pueblo natal. Conclusión: el mundo es una calle y las Guías de Lonely Planet están hechas por subnormales. Con un argumento tan sólido como soporífero -la novela seguramente contenga unas 500 páginas para llegar a tan brillante conclusión: el mundo es un pañuelo, ¡no!, el mundo es una calle, la calle de la infancia, la calle de los juegos, la calle donde mean los perros, Juan José se ha llevado 600.000 euros, es decir, unos cien millones de pelas de los de antes (de los de antes del euro).

Como toda obra maestra (y toda obra maestra es consagrada, aún más si cabe por su lógico Premio Planeta) tiene un arjé literario, tiene un alfa y un omega. Si en Proust era la madalena, si en Kafka era su trabajo en una agencia de seguros, en Millás es un bisturí eléctrico y un filete. Qué cañí y a la vez posmoderno. No, no levanten las cejas: no estamos a principios de siglo. Cada cual puede encontrar a su musa donde le plazca y es natural que a estas alturas del s. XXI, un bisturí eléctrico y un filete sea tan inspirador como un producto de repostería malsana. Sólo con imaginar a Juan José absorto pegándole tajos al filete durante horas y horas en busca de una luz que guiara su carrera literaria, en vez de jugar al diábolo, me tiemblan las pantorillas. ¡Qué imaginería, qué alegórico, qué frufrú de la metáfora sobre mis tímpanos! Gracias, Mercamadrid, por llenar de páginas inolvidables nuestro recuerdo. Gracias, cachondos.

Millás ha declarado: “me he curado del pudor, que es una de las cosas que más daño puede provocar en un escritor”. Esta oración es importante porque se vincula directamente con el ganador del segundo premio o perdedor del primero, Boris Izaguirre, que jamás habría podido pronunciar el mismo enunciado y que contradice su propia trayectoria artística. Para quienes no lo sepan, Boris es un humorista heterosexual que se comporta como un heterosexual afeminado en un programa de freaks y que ya es icono de majadería para todo el espectro masculino español. ¿Quién, a ver, quién no ha emulado, alguna vez, entre los vapores de alcohol o los canutos, las salidas de tono de Boris en Crónicas Marcianas? En el inconsciente colectivo masculino español hay un oscuro secreto: cuánto más macho eres, más mamaracho debes ser. Así que hemos llegado al mundo invertido (no juego con las palabras) donde hacer maricón almodovariano está considerado como cosa de machos y no hacerlo es ser maricón de los pies a la cabeza. España, aparta de mí este cáliz, que ya pierde aceite.

En lo que respecta a Boris, la biografía de su novela es más compleja: cuando comenzó a escribirla, trataba de las últimas horas de Virgilio, poeta romano bajo el seno del emperador Augusto, que se debatía entre quemar su obra maestra, la Eneida o dejarla como legado absoluto para la humanidad. La mentira, el embellecimiento de una realidad decrépita y la esencia de la verdad eran los temas fundamentales de la novela. Todo iba sobre ruedas (unas 300 páginas escritas, el reconocimiento de catedráticos y romanólogos) hasta que un anónimo le envió una copia del libro de Hermann Broch “La muerte de Virgilio” que trataba el mismo tema. Tanta era la coincidencia, que la novela de Boris había clavado, palabra por palabra, la traducción española del magno libro. Sorprendido, intrigado a la vez que desilusionado, Boris destruyó la obra (sin morirse, el muy infame) y comenzó a escribir un cuento donde contaba lo que le había ocurrido: sin haber leído jamás a Hermann Broch, había escrito exactamente la misma novela que él. Se las prometía muy feliz, nuestro Boris, hasta que el mismo anónimo le mandó una copia de Pierre Menard, autor del Quijote, de Jorge Luis Borges; donde el protagonista escribía el Quijote desde la experiencia de meterse en la piel de Cervantes.

Hermann era alemán pero no de las SS. Que siempre estamos con la misma cantinela, hostias.

Harto de tanta innovación, Boris destruyó la segunda novela y se decantó por algo aún más complicado, como él mismo declara: “En 1957, el arquitecto Gio Ponti construyó una casa en Caracas para una pareja cuyo marido quería enaltecer el amor hacia su esposa. Este edificio ha estado presente en muchos de mis libros, como lugar fetiche, y para la novela pensé en cómo debían ser las personas que mandaron construirlo. Aparece Ponti, pero las protagonistas son dos hermanas, una guapa y otra fea, que compiten por un objetivo común: un hombre.” Es decir, el argumento de Betty La Fea, que tan enraizado está en la cultura venezolana de donde sólo parecen venir showmans, terroristas y culebrones. Había repetido argumento, otra vez, pero en esta ocasión Boris sólo recibió una postal del omnisciente crítico anónimo, que decía así: “Boris, tu eres tooooonto. Afectuosamente, Tiresias. PD: ¿Cuándo reponen Crónicas Marcianas? Quiero verte bailar sobre la mesa otra vez”.

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